Ella sufría mucho, los días se le hacían demasiado largos. Solamente pasaba diez minutos con el amor de su vida, y miles de horas pensando en él, imaginando lo maravilloso que sería si pudieran hablar. Esperó a la próxima vez que se encuentren y durante aquella noche, y las noches siguientes, empezó a imaginar las muchas respuestas que le daría, hasta encontrar la manera oportuna de comenzar una historia que no terminara jamás. Pero no hubo próxima vez; él no volvió a dirigirle la palabra, y ella tuvo que contentarse con amar y sufrir en silencio. No conseguía acostumbrarse a la ausencia de él y no dejaba de odiarse por la actitud estúpida de huir de aquello que más deseaba.
